El olor a orine era fuerte. Penetrante. Podía hacer desmayar por la intensidad con que penetraba los sentidos. No sé sabía, si provenía del olor de las ropas o del piso. El ruido de las ruedas de metal chillaba, más que perturbar los oídos, estremecían las almas. Ese sonido decía, una y otra vez, el posible destino. No forjados por quienes viajaban en el vagón. Nació de la creación de seres humanos que ellos no conocían. Eran seres humanos igual que ellos aunque no tanto. Si los oídos no querían escuchar, los ojos obligatoriamente no podían ver. La oscuridad tapaba todo, hasta el futuro.

Dentro del vagón, alguien veía aunque sus ojos estaban cerrados. Para ella, la claridad del sol era intensa. Entraba por las seis ventanas que había de un lado y por las seis del otro, también. Se veía sentada en una mesa con su niña al lado, de traje largo y floreado. Sus lindos cachetes rosados mostraban lo saludable que ella estaba.

– Los abuelos nos esperan desde hace días. Siempre me preguntan cuánto has crecido. Te aman desde que sabían que ibas a nacer. No sabes cuánto te aman, mi amor. Pero ya falta poco para que los conozcas – Dijo a su hija.

– ¿Y cómo son mami? ¿Cómo es la voz del abuelo? ¿La abuela sabe preparar las galleticas que tú haces? –

– Hija, son la familia. Para ti, representan el amor, los afectos que te acompañarán en tu infancia. Por eso, vamos a vivir con ellos. Para que nos protejan y te cuiden. Para eso, son los abuelos –

Unas lágrimas se perdieron en la oscuridad del vagón. Cuántas más habría dentro de ese pequeño espacio sin que nadie se percatase.

– Por fin, voy a tocarle la barba al abuelo ¿Me puyarán? Bueno, si lo hace no me importa. La tocaré, la retrujaré, la acariciaré porque son… parte del abuelo. Y me encanta que la tenga. Cada vez que la veía en la foto, me provocaba hacerle cualquier cosa como toda una niña traviesa -.

– Seguro, que sí, mi amor. Espera a…

Un fuerte olor a orine cortó el recuerdo. El roce con los cuerpos que le rodeaban se hizo más presente mientras sentía que el suyo no paraba de moverse por la velocidad con que el vagón viajaba.  Trato de ver el rostro del ser humano que estaba a centímetros del suyo; más logró precisar su aliento que la cara. Se enfocó, concentró, como aprendió hacerlo en los últimos meses. Y como había enseñado a todo ser que pudo. De allí, que su viaje se realizó ante de lo previsto.

– Señorita, su trabajo es impecable. La narrativa fue inteligente. Me asombró, para ser mujer, su… –

Ella lo interrumpió.

– ¿Por ser mujer? Sr. Wilson ¿Juzga mi condición como escritora por ser mujer? Casi a mitad del siglo, en la era moderna ¿Y todavía, juzgamos por un género?-

– No lo tome a mal, señorita. Vine a la presentación de su libro para hacerle sentir orgullosa. Todavía las sociedades no toman con seriedad la inteligencia de su género. Y para que Ud. vea, este salón está lleno de hombres, y también, de mujeres; aunque, no muchas como usted, hay que reconocerlo -.

– Gracias, Sr Bickers. Entiendo, su audacia para llegar hasta aquí y hacer el esfuerzo histórico de pronunciar estas palabras. Seguro, que en las décadas por venir, estos comentarios sobrarán porque nuestro género, como Ud. lo llama, cubrirán las vidrieras con sus libros y sus ideas de una mejor sociedad. Si me disculpa… – Dijo ella con cierta indiferencia ante la conversación.

– Una última pregunta. La guerra comienza ¿Se va a prolongar? – Preguntó con cierto temor.

– ¿La guerra? ¿O Ud. pregunta si va a prolongarse el sectarismo, el egoísmo, el irrespeto a las diferencias, los paradigmas que no hacen reconocer las virtudes del ser humano y nuestras capacidades de evolución? Es decir ¿Se va a prolongar la práctica de los viejos conceptos? Espero, Sr. Wilson, haberle respondido.

– Gracias – Dijo él.

– Es lo que deseaba escuchar ¿Verdad? –

El hombre sonrió.

– La verdad es… que todo depende de lo que hagamos cada persona, cada ciudadano, de lo que haga usted, pero sobre todo, de los que entendemos que no hay límites para el progreso en el arte, la cultura, la política, la educación, la tecnología… El mundo depende más de personas que creen en el avance y en el desarrollo. Dicho de otra manera.  El tiempo de acción de los que no entienden depende, solo, de nosotros – Afirmó ella.

– ¿Qué significa, nosotros? – Preguntó con cierto escepticismo y hasta con cierta molestia.

Ahora, ella sonrió.

– Sr. Bickers, la humanidad le ha costado abandonar cierto toque infantil, en especial, los que aparentar ser más serios en el mundo de la política. Manejan una psicología infantil con conceptos confusos. Apelando a ese lado infantil en usted, le digo, cuando hablo de “Nosotros” refiero a lo que hagamos los “buenos”.

Para ella, la intensidad de la luz se hacía más intensa dentro del vagón mientras estaba por llegar a su destino. Su mente buscaba, su sensibilidad, también. Había tanta información. Registros. Era momento para seleccionar, su identidad. Abrió los ojos para comparar el destino que le imponían y lo que ella decidía. Había tanto dolor humano en la atmósfera que asfixiaba dentro del vagón. Una experiencia casi única en la condición humana. Ella inmutable ¿Se puede pesar el alma de su humanidad?

– Hija, ¿Ves, este hermoso y amplio jardín? Primero, estuvo en la imaginación; luego, las ideas la moldearon para hacerlo realidad; y finalmente, se hicieron las acciones para construirla. Durante años, se trabajó para mantenerla y hasta embellecerla. Hoy, existe porque tu madre y yo luchamos para que otros seres igual a ti, no lo pisotearan. Recuerda siempre, hay que trabajar la imaginación para embellecerla. Hay que trabajar las ideas para hacerlas inteligentes. Hay que construir para hacernos mejores seres humanos. Y algo muy importante, nunca dejes que nadie robe tu imaginación, tus ideas y tus acciones -.

El tren se detuvo. Su mirada decidida se topó con la luz del día. Trapos grises abrían las puertas de los vagones.

Abrían las puertas a Auschwitz.

El lugar era una representación. Tenía muchos significados. El final. Un cierre de ciclo. La imposición del odio. El triunfo del sectarismo sobre la inteligencia. El desarrollo de las habilidades oscuras en el ser. La lucha por el poder. La barbarie afinando su visión y sentido. El egoísmo estrujando la conciencia. El destino incierto. El destino de muchos cortado abruptamente por unos pocos. Otro destino impuesto donde un Dios humano juega a los dados.

La tela metálica y las barracas se hundían como cuchillo en las sienes de quienes entraban dentro de sus espacios. La resignación no dejaba pensar. Asfixiaba más que el rancio olor a orine dentro del vagón.

Ella bajo del tren. Tranquilamente. No había cuchillo. No había desolación.

Los conceptos que buscan retorcer el cauce normal de la historia humana viven tanto como la vida de un zancudo en el tiempo infinito.

– Abuela, ya es la hora de presentar el libro. Nuestros familiares, amigos y colegas te esperan – Dijo una señora de traje elegante. Sus colores  contrastaban muy bien con las suaves luces de las lámparas que estaban esparcidas por toda la librería. Era una de las principales cadenas Bookstores de Nueva York.

– Seguro, que sí, mi amor. Dame un momento ¿Sabes qué disfruto de este lugar? Mirar a través de estas grandes vidrieras hacia la calle. El contraste de las luces de las lámparas con la luz de la tarde que hay afuera. El color verde de los árboles del parque que hay enfrente, los colores brillantes de los anuncios, las personas caminando por sus aceras con Libertad.

Autor: Milton Blanquin

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